Rússia

Iván, que se niega a dar su verdadero nombre por las represalias que puedan tomar contra sus familiares y amigos, salió de Izhevsk una noche de hace tres años. Esta pequeña ciudad del este de Rusia es conocida mundialmente por ser el lugar de nacimiento de Mijail Kalàshnikov, inventor de los famosos kalashnikov o AK-47. “En Izhevsk tenemos la mayor fábrica de kalashnikov del país. Aquí sólo hay fábricas y armas, nada más”, comenta riéndose Iván.

Defensor de los derechos y libertades de la comunidad LGTB en Rusia, comenzó a tener problemas hace tres años. En 2013 le pegaron una paliza en el centro de la ciudad, dejándolo inconsciente en el suelo. En el hospital le informan que la agresión le ha producido una fuerte conmoción cerebral. “Aparte de la breve inspección visual, el médico no me realizó más pruebas”, recuerda. La policía se negó a llevar una investigación para encontrar a los culpables de la agresión. “Allí la policía no quiere ayudar y discrimina entre los propios ciudadanos rusos”, afirma. Fue la gota que colmó el vaso. Sin tiempo de reacción y sin saber dónde ir, compró un billete de avión para Barcelona. “Tuve que salir corriendo porque mi vida corría peligro”.

En Rusia, donde la comunidad LGTB está prohibida por ley, proteger los derechos y libertades fundamentales se puede convertir en un riesgo mortal para quien los defiende. “La propaganda es muy fuerte. Dicen que los homosexuales no podemos tener familia ni hijos, que somos un error de la naturaleza. Piensan que la homosexualidad es un concepto occidental que va contra los valores rusos”, afirma.

Iván siempre recordará sus primeros meses en Barcelona. De un día para otro se encontró en una ciudad desconocida, completamente solo y sin conocer el idioma. A pesar de eso, reconoce que tuvo suerte porque traía sus propios ahorros. “Con mi dinero pude sobrevivir los tres meses que esperé hasta que me admitieran en el programa de vivienda y ayuda de seis meses que te ofrece el gobierno como solicitante de asilo”.

Hace unos años, la concesión de esta asistencia se otorgaba nada más llegar. Hoy, puede tardar meses. “Las ONG y entidades sociales te dicen que ya no tienen más pisos, que te vayas a un albergue. El problema es que la mayoría están llenos y si no tienes que vivir en muy poco espacio”. También son temporales. Mientras que en una vivienda social se puede permanecer durante seis meses, en la mayoría de los albergues municipales hay que pedir una cama cada noche. A veces, con suerte, asignan una plaza fija.

“Tenía un amigo que no tenía dinero para vivir hasta que le dieran la vivienda social y estuvo durmiendo en la calle. Estaba bastante enfermo y tenía que realizarse controles médicos casi a diario, cosa que no hacía. Una noche, unos ladrones le robaron todo lo que tenía. Gracias a que lo denunció ante la policía le dieron un sitio donde dormir. Te tienen que ver muy mal para que te den la ayuda rápido”, concluye.

Después de dos entrevistas personales, una en Barcelona y otra en Madrid, en las que cree que “preguntan muchas cosas que no tienen nada que ver con el proceso de solicitud de asilo”, consigue la tarjeta roja, que renueva cada seis meses y que le permite vivir y trabajar de manera legal en nuestro país. “Es complicado encontrar un empleo aquí”, reconoce Iván. “Nada más darme la tarjeta me contrataron como limpiador en un teatro. Me despidieron hace tres días. Si ven que tienes la tarjeta recién renovada es fácil encontrar trabajo pero cuando se acerca la fecha de renovarla es muy difícil porque nadie te quiere contratar si no saben con seguridad si el gobierno te la dará o no y si te convertirás en ilegal”.

Cuando se le pregunta sobre la situación de los refugiados y el papel que está jugando España en la acogida, Iván es tajante “España no está preparada en absoluto. Bélgica es un ejemplo. Siendo más pequeño que Cataluña acoge cada año a más refugiados”. Critica la imagen que tanto los medios de comunicación como algunos políticos están dando de los refugiados y defiende que viene para trabajar, no para pedir ayudas. “No deben olvidar que los refugiados estamos obligados a salir de nuestros países. Yo en mi caso quiero volver. Cuando la situación cambie y mejore volveré a Rusia porque es mi país y quiero hacer algo allí”.

Después de tres años, Iván se siente menos positivo. “No me siento bienvenido aquí porque después de tanto tiempo aún no tengo una respuesta sobre mi situación. Todo el mundo sabe cómo están las cosas en Rusia y que vivir allí es muy duro. Lo peor es que después de tanto tiempo la respuesta puede ser negativa. Ha pasado mucho tiempo y no sé qué pasará”.

Mientras espera la resolución, trabaja en lo que le sale, colabora con la Associació Catalana per a la Integració d’Homosexuals, Bisexuals i Transsexuals Immigrants (ACATHI) y sigue con sus estudios. Recientemente ha terminado un curso de electrónica, en el que ha obtenido la nota más alta de toda la clase y sigue con su proyecto ecológico personal: un vivero de árboles para reforestar los bosques de Cataluña. “Estoy buscando financiación para sacarlo adelante, me gustaría hacer algo por la naturaleza y el medio ambiente”, concluye.

Fotografía: Ignacio Tudela y Texto: Lara MonrosiLa Tierra sin Tierra